Opinión | ¡Volvamos a mejenguear!

  • Por: Jorge Caamano.

Corrían los años 70 cuando mi familia decidió mudarse a vivir a Costa Rica, yo era un carajillo de 8 años que con duras penas podía hablar español, después de acomodarnos, terminamos llegando a vivir a la Calle Lencha, esa entradita que está después del puente sobre el Rio Virilla entrando a Santo Domingo por Tibás.

No pasó mucho tiempo para que este servidor se convirtiera en un fiebre por las mejengas, ahí mismo, al frente de mi casa, había un potrero donde con la ayuda de todos los amiguillos del barrio, montamos un par de marcos hechos de ramas y empezamos a dar nuestras primeras patadas a la bola de cuero.

Las mejengas eran de todos los días, pero las del domingo eran espectaculares, traían el ingrediente de haber recién visto los partidos de las 11 de la mañana, claro, en ese tiempo no había otros horarios, no existían las canchas sintéticas, menos aún, estudios científicos que nos dijeran que a esa hora no se podía jugar.

Inspirados en lo que veíamos por televisión algunos, otros en el estadio, cada uno pretendía ser aquel, al que acababan de ver brillar en un partido, yo soy Marco Rojas gritaba el que ese día quería ser portero, yo Mansilla decía el “goleador” y nunca faltaba el “Macho” Agüero, claro, el que repartía parejo, el más rudo.

Ahí aprendimos a diferenciar a los equipos fácilmente, unos con camisa, otros “chingos”, sin camisa, las rifas eran montadas, arregladas diría yo, porque aunque se rifaban siempre terminaban los mismos con los mismos, el malo se quedaba de último y las argollas empezaban a notarse, pero eso no importaba, una vez que la bola picaba tres veces iniciaba una batalla que duraría hasta que la bola no se viera por la falta de luz natural.

Esa fue nuestra niñez, ahí aprendimos a ser árbitros, entrenadores o simplemente mejengueros, cuando no llegaban suficientes jugadores entonces se armaban las ligas, dos contra dos o tres contra tres, uno se queda en el marco y los otros dos salen al rebote, o simplemente un torneo de jupas, pero siempre había algo que hacer, todo relacionado con el balón.

Nuestros abuelos cuentan que de ahí salieron los mejores jugadores de sus épocas, en esos potreros aprendieron a gambetear, barrerse, burlar y cuanta maña podían agregar a sus repertorios para un día llegar a vestirse con la camisa de un equipo de Primera División y hasta de la Selección Nacional, no existía un solo ídolo, que no hubiese sido un gran mejenguero primero, simplemente sin esas mejengas en su historial, no llegaría a ningún lado.

Que falta nos hace eso hoy, apagar los aparatos electrónicos, olvidarse de los celulares, desconectarse de las computadores y volver a chollarnos las nalgas en los potreros o en las canchas del barrio, las pocas que quedan, nuestros hijos ocupan eso, nuestros jóvenes deben vivir esas cosas, no seamos egoístas, volvamos a las canchas, inculquémosles a

nuestra juventud las mejengas, seamos parte de ellas, no dejemos morir ese primer amor, esos primeros encuentros que tuvimos con el balón, al fin y al cabo, si ustedes son como yo, al gimnasio no vamos, menos a las piscinas, entonces hagamos lo que más nos gusta, volvamos a mejenguear con nuestros carajillos, heredémosles lo mejor que aprendimos en nuestras vidas, a mejenguear.

¿Con quién le doy?

 

 

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